AMLO: Simbolismo anacrónico en Tenochtitlan
López Obrador con Rousseff, este jueves en la Ciudad de México.
López Obrador con Rousseff, este jueves en la Ciudad de México.José Méndez / EFE

México Tenochtitlan ha revivido este jueves en los discursos del poder político, convertido en símbolo de una gloria pasada en proceso de recuperación. Acompañada de la expresidenta de Brasil Dilma Rousseff, varias de sus secretarias y la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, el presidente, Andrés Manuel López Obrador, ha recibido la batuta de mando de los pueblos nahuas cerca de las escalinatas del Templo. Mayor, el núcleo ceremonial de la antigua ciudad mexica, otro símbolo de un gobierno perdido en su propia narrativa.

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La representación de los pueblos nahuas ha recaído en siete hombres y mujeres, símbolos a su vez de las siete tribus que poblaron el sistema lacustre del Valle de México, asentamientos que dieron origen a las principales ciudades del imperio, entre ellas -sobre ellas- Tenochtitlan. La ceremonia comenzó con Rousseff, Sheinbaum y López Obrador escuchando a María Magdalena Huerta, presidenta de la Comisaría Ejidal de Santiago Zapotitlán, de la alcaldía de Tláhuac. Huerta le ha dado un bastón con cintas al presidente. Ella y sus acompañantes han llegado vestidas para la ocasión, luciendo tan originales como las ruinas de la capital azteca. Preguntada al respecto, una portavoz de la presidencia no ha podido decir quiénes eran ni de dónde venían.

Así comenzó la ceremonia por la conmemoración de los 700 años de historia de la ciudad, fecha polémica por la insistencia de los políticos en hechos coincidentes: 200 años de independencia de México, 500 años de la caída de la ciudad lacustre durante la conquista y 700 años. años de su fundación. Ninguno de los arqueólogos, restauradores y antropólogos que trabajan en las excavaciones del Templo Mayor ha asistido al evento, molesto por el golpe cultural. Pocas voces autorizadas asumen 1321 como la fecha de la fundación de la ciudad, un anacronismo inaceptable.

Las ausencias parecen importar muy poco. Subido al tren de su propia historia, el Gobierno de la Cuarta Transformación ha dirigido el evento según sus propios parámetros. No importaba tanto la sustancia como la forma. Y ahí, en la forma, lejos de cualquier improvisación, se las han arreglado bien. El presidente ha tomado la batuta de mando y se ha sentado, envuelto en su collar de flores, colocado allí por los supuestos representantes de los pueblos nahuas.

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Sentado junto a su esposa, la escritora Beatriz Gutiérrez Müller, López Obrador ha escuchado los discursos de Sheinbaum y Rousseff antes de hablar. La mañana fue húmeda y nublada, rastro de la lluvia del miércoles por la noche, una de las primeras de la temporada. Detrás de la catedral, la ceremonia fue a escasos metros de la Casa de las Águilas en el Templo Mayor, edificio de enorme simbolismo para la nobleza mexica, que hace unos días fue azotada por una tormenta de granizo. El antiguo techo que lo cubría cayó bajo el peso del hielo. Los murales y bajorrelieves se salvaron por poco.

A los arqueólogos les molesta el programa de celebraciones conmemorativas en la Ciudad de México, porque entienden que responde a una lógica política y no educativa. También es molesto porque hay un enojo previo, más profundo, que apunta a la falta de dinero e inversión para la conservación de monumentos y el avance de las excavaciones e investigaciones, muchas paradas debido a la pandemia. La caída del techo de la Casa de las Águilas, de casi 40 años, ilustra la delgadez del presupuesto. El año pasado, decenas de trabajadores del Instituto Nacional de Antropología protestaron por la amenaza del gobierno de recortar los fondos del instituto.

En su discurso, López Obrador ha evitado cualquier especificidad, consciente de la polémica sobre las fechas. «Se sabe que entre 1321 y 1325 un grupo de indígenas del norte se instaló en este lugar para ganarse la vida y desarrollar sus creencias», dijo el mandatario. Sheinbaum también lo ha hecho: “Este año tomamos la decisión de celebrar a los mexicas, el origen y la resistencia”; o el único historiador presente, Enrique Semo, de 90 años, que hace apenas tres años escribió su primera obra dedicada a la conquista: «Venimos a conmemorar más de 700 años de cultura indígena».

López Obrador ha dibujado uno de sus arcos históricos habituales, algo extenso esta vez: en apenas media hora ha recorrido más de siete siglos. “Los aztecas han sido descritos como bárbaros y sedientos de sangre. Se ha dicho que Moctezuma era un déspota o que la religión de los tenochcas se basaba en la crueldad. Pero cada civilización tiene sus propias creencias, cada poder genera su propio sistema represivo y sería inútil prolongar aquí esta discusión. Simplemente observemos que nada de esto resta importancia a la civilización vencida ni justifica la furia destructiva de los vencedores ”, dijo el mandatario, quien luego repasó la colonia, la independencia, el priísmo temprano y el período neoliberal, el némesis preferido de su país. instalación para animales.

A veces parece que López Obrador se piensa en términos históricos, como si su vida política ya habitara los libros de texto y lo viera frente a él, al alcance de la mano, como uno de los murales que pintó Diego Rivera en el Palacio Nacional, un recurso habitual. en sus discursos. Así, sus exposiciones abordan temporalidades más o menos largas, que suelen desembocar en la triunfante Cuarta Transformación, eco de viejos esplendores. Los finales son similares porque apuntan al presente. Y este jueves, el presente fue sinónimo de esperanza, reflejo del viejo “poder” mexica. «Nuestro objetivo ha sido encender la llama de la esperanza», dijo el presidente.

La ceremonia ha concluido alrededor del mediodía. Luego, el presidente y los demás han visitado el Museo del Templo Mayor. En la despedida, un grupo de jóvenes ha cantado el himno mexicano en náhuatl, último símbolo de la jornada. En la galería, Gutiérrez Müller, que ha dedicado parte de su obra a Hernán Cortés y la conquista, murmuraba la letra. El director de televisión lo ha centrado en primer plano, quizás con la duda del lenguaje que utilizaba en sus susurros. No ha quedado muy claro si al final de la segunda estrofa ha dicho «un soldado en cada hijo te dio» o su traducción al idioma del antiguo imperio.

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