Elecciones en Chile: Chile inicia un cambio de época con la elección de los redactores de una nueva Constitución |  Internacional
Los trabajadores electorales sostienen una urna con votos el 13 de marzo en Santiago de Chile.
Los trabajadores electorales sostienen una urna con votos el 13 de marzo en Santiago de Chile.CLAUDIO REYES / AFP

Chile inicia un salto hacia un futuro completamente desconocido. La Asamblea que elijan los ciudadanos tendrá la misión de redactar una nueva Constitución sin condiciones previas (salvo el mantenimiento de la República) y para la que no hay predicciones: el descrédito de los viejos partidos y la fragmentación política permiten cualquier resultado. La sociedad chilena emprende el gran cambio, aún tensa por las fuertes revueltas de 2019 y fatigada después de más de un año de pandemia. Los mercados financieros, embelesados ​​durante décadas con el modelo ultraliberal heredado del pinochetismo, miran con miedo a Chile.

En noviembre de 2019, cuando las calles hervían de rabia y alrededor del Palacio de la Moneda no había más que devastación urbana, el presidente conservador Sebastián Piñera dijo a EL PAÍS que Chile estaba sufriendo «el malestar del éxito». Hasta cierto punto, tenía razón. Pero el éxito macroeconómico (alto crecimiento, cuentas públicas saneadas y enorme energía exportadora) se había logrado bajo las condiciones ultraliberales impuestas por el dictador Augusto Pinochet. El repetido cántico del «éxito chileno» terminó por agudizar la percepción de que las desigualdades eran excesivas y que la supuesta meritocracia no había alterado el dominio de una pequeña casta rica y poderosa.

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Ese brote llevó a esto, a la situación actual de “hoja en blanco”. El confinamiento de la pandemia sofocó la revuelta, que los impopulares Carabineros habían reprimido día tras día con extraordinaria violencia, pero el descontento se mantuvo. Y cuando Piñera, inicialmente opuesto a cambiar la Constitución, convocó a un plebiscito sobre el proceso constitucional, el 80% de los votantes dijo «sí». A pesar de la importancia de la convocatoria, el 25 de octubre solo votó la mitad del censo. El contexto de la pandemia no fue la causa de la alta abstención, similar o incluso menor que la de convocatorias anteriores. La causa fundamental de esta baja participación endémica es el descrédito de las instituciones, desde el Congreso hasta la presidencia pasando por la Corte Suprema y las fuerzas policiales.

La primera gran incógnita en el proceso que se abre este fin de semana es la participación. Probablemente será bajo para una apuesta tan importante. La votación también es compleja. Los aplazamientos por causa de la pandemia se han concentrado en esta votación de doble jornada, sábado y domingo, la elección de los 155 miembros de la Asamblea Constituyente, la de 345 alcaldes y 2.240 concejales y la de 16 gobernadores (hasta ahora designados por el poder central ).

La Asamblea Constituyente, a la que asistirán 1.178 candidatos en listas de partidos o como independientes, será por primera vez casi igual (dado que cuenta con 155 miembros, los hombres o mujeres tendrán una mayoría de uno) y, también por primera vez, Incluir formalmente una representación de pueblos indígenas, como mapuches o aymaras: habrá 17 congresistas.

La ausencia de condiciones previas (salvo el mantenimiento de la República, el respeto de las decisiones judiciales y los tratados internacionales, y la exigencia de que cada artículo constitucional sea aprobado por mayoría de dos tercios) abre un inmenso abanico de posibilidades. Los pueblos originarios, por ejemplo, piden que Chile se defina como un estado plurinacional. Lo que más preocupa a la oligarquía económica y a los mercados financieros, entusiastas del modelo ultraliberal consagrado en la Constitución de Pinochet de 1990, es sin embargo la probable desintegración de un modelo en el que casi todo, desde el sistema de pensiones hasta la salud o la educación, se rindió. a la empresa privada.

Presionado por el daño económico de la pandemia y por un Congreso en el que estaba en minoría, el presidente Sebastián Piñera tuvo que autorizar en tres ocasiones, muy a su pesar, el retiro de dinero de los fondos de pensiones. Eso alivió a la población, pero redujo sustancialmente el monto de las pensiones futuras. Desde el Frente Amplio (socialdemócrata) y desde otros sectores se propugna que el Estado recupere el deber de garantizar, con recursos públicos, los derechos a la pensión, la salud y la educación.

Aparte de la gran incógnita sobre qué tipo de Chile se constituirá durante los próximos nueve meses (prorrogables a otros tres si no se finaliza el texto), se abre la incógnita del exceso de expectativas. Una nueva Constitución, del tipo que sea, no resolverá automáticamente los problemas de fondo de la sociedad: el descontento generalizado reflejado en la revuelta de 2019, la falta de integración de los pueblos originarios, la desconfianza en las fuerzas policiales o el enorme poder de las familias oligárquicas.

Chile está saliendo de la pandemia, el primer país latinoamericano en hacerlo. Más de la mitad de los ciudadanos han recibido la primera dosis de la vacuna y más de un tercio están completamente vacunados. No es posible saber si la redacción constitucional se desarrollará en un ambiente más o menos tranquilo o si la voluntad de presionar a los constituyentes volverá a llenar la calle de protestas.

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