Elecciones: la cuestión de Chile y Touraine |  Opinión
Un hombre camina en uno de los centros de votación habilitados para las elecciones de este fin de semana, en Santiago, el 12 de mayo.
Un hombre camina en uno de los centros de votación habilitados para las elecciones de este fin de semana, en Santiago, el 12 de mayo.MARTIN BERNETTI / AFP

Chile celebra este fin de semana cuatro de las diez elecciones que se han impuesto en el ajustado sexenio. En uno de ellos, seleccionará a los 155 miembros de una Convención Constituyente conjunta que, en un máximo de doce meses, deberán presentar una nueva Constitución al país para ser plebiscitada. En los nueve torneos restantes, votará por todas las autoridades de elección popular (excepto 23 senadores): desde los concejos municipales hasta el jefe de Estado. Un total de 3.231 plazas para las que se presenta una relación aproximada de 8 postulantes por cupo: unos 25.000 candidatos.

Este tipo de bacanal democrática no tiene precedentes en la historia de Chile. Y lo que es aún más singular, no es producto de un diseño o de un plan político, sino de la pandemia y de unos acuerdos apresurados de la clase política. Las autoridades territoriales deberían haber sido elegidas en 2020, al igual que la Convención Constituyente. La emergencia sanitaria impulsó esas elecciones para este año y la forma en que los resultados se influirán entre sí es impredecible.

Nadie sufre, nadie tiene fiebre por esto. Quizás los candidatos lleguen exhaustos -esta es su letanía habitual, por supuesto- pero los ciudadanos actúan como si acabaran de recordar esta semana que hay cuatro elecciones el sábado. O, dicho de otra forma: que el sábado comience el reordenamiento del país.

La extraña situación chilena sigue evolucionando dentro de un marco institucional, a pesar de haber enfrentado una múltiple crisis social, generacional, política y de salud. En este comportamiento -este orden dentro del desorden- parece expresarse el agón de un último afecto por la democracia y el deseo de resolver las dificultades de la convivencia sin más rupturas. Visto así, las diez elecciones parecen una respuesta a la pregunta que el sociólogo francés Alain Touraine recomendó plantear para este país: ¿podemos vivir juntos?

En los 80 parecía ridículo plantar una idea así, cuando era tan difícil salir de Chile como llegar. El finisterre chileno, que muchas veces lo aleja de Latinoamérica y solo en ocasiones lo acerca, permeado y asaltado por todo tipo de influencias, conectadas e hiperconectadas, no tan lejos que te congelas, nativa, mestiza e inmigrante, unificada desde el tiempo a tiempo Debido a catástrofes fenomenales, ese mismo, viejo y proverbial fin del mundo intenta nuevamente responder a Touraine que sí, será posible vivir juntos. Y para eso hace diez elecciones.

Nadie sabe quién ganará y en qué elección. El régimen presidencial está quebrado, a pesar de que sus 14 meses de cuarentenas y toques de queda tendrían que calificar como el momento más autoritario del siglo. El Congreso fragmentado ahora promulga leyes que eran prerrogativas del Ejecutivo, y el tribunal de control constitucional ha quedado inutilizado por una reyerta interna indecorosa, motivada en parte por el propio gobierno.

¿Curioso? Hay más: en noviembre votarán por la Presidencia de la República (con boleta en diciembre) y por las dos cámaras del Congreso, que tomarán posesión en marzo de 2022. Todo esto sucederá antes de que se proponga una Constitución que bien podría Decidir, por ejemplo, que el nuevo régimen de gobierno será parlamentario y unicameral. O que el estado tendrá una nueva división administrativa. O que el jefe de gobierno se obtendrá con otras mayorías.

El pacto para modificar la constitución fijó unos mínimos, como la definición de república democrática, la vigencia de las decisiones judiciales, la intangibilidad de los tratados internacionales y un quórum de 2/3 para la aprobación de sus normas. Si bien, como siempre, ya hay quienes argumentan que se puede torcer la nariz de los acuerdos declarando la plena soberanía de la Convención, lo más probable es que se libere una larga batalla retórica por su interpretación.

Nadie hubiera soñado que esto le pasaría al segundo gobierno de derecha desde la restauración democrática, que asumió el cargo en 2018 revestido de las ideas de Cameron. Sin embargo, tal vez la historia diga que esta configuración fue precisamente la adecuada para expresar la saciedad con las ilusiones y promesas de la modernidad globalizada, coordinada con ese impulso juvenil de saltar los torniquetes para llegar más rápido a un horizonte desconocido pero nuevo. , siempre nuevo.

La confusión, la falta de interpretación convincente de lo sucedido, la repetición mecánica de los mismos análisis durante 20 años, también aplastó el orden político. La coalición gobernante se convirtió en anarquía en medio de la lepra de la impopularidad y la vergonzosa rendición de gran parte de su historial programático. La centroizquierda, insegura de defender un proceso de modernización exitoso pero imperfecto, ha llegado a tener como programa principal no parecerse al gobierno. Y una izquierda más radical, aunque menos estructurada, actúa con la certeza de que finalmente ha llegado su momento, bastante cerca de la toma del Palacio de Invierno.

Las elecciones de este fin de semana medirán la musculatura de los partidos y coaliciones. Como aquel Papa moribundo que logró saber que “ni los jesuitas son tan ricos como dicen, ni los franciscanos tan pobres como dicen”, los chilenos comenzarán a dilucidar cuánto pesa cada uno y, de manera algo menos traslúcida, qué tipo de ideas son que llegarán a una nueva constitución. Pero la redistribución de fuerzas no terminará hasta finales de año, con los resultados de las diez elecciones.

La mezcla de causalidad y azar confiere un aire inevitablemente enigmático a todo el proceso. ¿A qué se enfrenta Chile con su carrusel electoral? ¿A la sabiduría ancestral de la historia o más bien a un truco de la suerte? ¿Para bien o para mal? Solo se pueden dar dos cosas por sentado: la primera es que la inestabilidad acompañará al país durante un ciclo de dos o tres años, con picos y valles de agitación social; el otro, que la experiencia del candidato se habrá ampliado, quizás la variante retorcida de la educación cívica.

Para el resto consultar en diciembre.

Ascanio cavallo Es un periodista político chileno.

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