Más de 5.000 personas reciben cada año un órgano en España. El volumen de trasplantes ha crecido de forma exponencial. También han mejorado las técnicas de extracción y conservación de órganos mientras se han desarrollado técnicas quirúrgicas que reducen la agresividad de la cirugía. Pero existe aún un reto en investigación: la mejora de los tratamientos inmunosupresores, esos fármacos que consiguen que las personas trasplantadas reconozcan como propio su nuevo órgano y no rechacen el corazón, riñón, pulmón o el hígado que le acaban de trasplantar.

Esos medicamentos funcionan, pero disparan el riesgo cardiovascular. Favorecen la concentración en sangre del colesterol y los triglicéridos, elevan la tensión arterial y la aparición de diabetes tipo 2, todos los ingredientes que predisponen al ictus o a un infarto. De ahí la importancia en conseguir nuevos tratamientos para las personas trasplantadas.

El Instituto de Investigación del Hospital Vall d’Hebron en Barcelona trabaja, con la financiación de la Fundación La Caixa, en el desarrollo de un nuevo medicamento inmunosupresor para evitar el rechazo sin esos efectos secundarios. «Buscamos un fármaco que, además, tendría muy probablemente la ventaja de administrarse solo de forma quincenal y por vía subcutánea. Así mejoraría la calidad de vida de los pacientes y se reducirían los problemas de adherencia al tratamiento que hay con los fármacos inmunosupresores de toma diaria y por vía oral», explica Oriol Bestard, líder del proyecto.

Su equipo cuenta ya con un candidato: una molécula inmunosupresora, modificada estructuralmente para aumentar sus propiedades inmunomoduladoras y evitar el rechazo anulando la actividad de las células T y B. Estas células son las culpables de que el organismo humano rechace aquello que no reconoce como propio. A diferencia de los medicamentos actuales, la molécula que se investiga hace su trabajo entrando libremente dentro de las células. «Es una ventaja fundamental para nuestro fármaco ya que solamente ejerce su función específica en las células que tienen los receptores correspondientes (sus ligandos), y no en otras células del organismo. Así minimiza los efectos indeseados ya que solo ejercerá su efecto específico para el que ha sido diseñado y no por su interacción en otras células del organismo», indica Bestard.

Fase preliminar

El comienzo es prometedor pero la molécula aún tiene que demostrar su eficacia, más allá del laboratorio. Su desarrollo está en una fase muy preliminar y tardará años en llegar a las farmacias. El siguiente paso será testar el nuevo tratamiento en modelos animales experimentales. Lo harán gracias a una subvención de 148.500 euros de la Fundación La Caixa. Con ella se evaluará su eficacia y se llevarán a cabo estudios de rendimiento, incluyendo el desarrollo de una línea estable de producción del medicamento.

La nueva molécula se probará en modelos de ratón a los que se les trasplantará un corazón de otro ratón genéticamente incompatible. Eso significa que el órgano se rechazará rápidamente si no se le facilita un tratamiento inmunosupresor.

Se espera corroborar los resultados en modelos animales durante los próximos dos años, así como hacer un análisis toxicológico del fármaco, antes de emprender los primeros ensayos clínicos de seguridad y eficacia en pacientes reales. Puede que antes se halle una fórmula para no depender de ningún medicamento inmunosupresor.

Tolerancia inmunológica

Desde hace años, médicos y científicos acarician la idea de inducir una tolerancia inmunológica para estos pacientes que les permitiría prescindir de ellos. Todo empezó por la observación de algunos enfermos que espontáneamente abandonaban la medicación por problemas psiquiátricos, falta de dinero o simplemente por cansancio. Contra todo pronóstico, al dejar la inmunosupresión, no les pasaba nada. Los trasplantados seguían viviendo sin que su organismo rechazara el órgano trasplantado, como si se hubiera incorporado como una parte más de su cuerpo.

Se han visto algunos casos en trasplantados de riñón, pero sobre todo de hígado, un órgano que necesita menos medicación que otros. Se estima que el 30% de las personas que viven con el hígado de otra persona no necesitarían tratamiento para evitar el rechazo. La cuestión es saber quién podría abandonarla sin el riesgo de perder el órgano que les permite seguir viviendo.