García Márquez y Vargas Llosa: una vieja conversación que no termina |  Opinión
De izquierda a derecha, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, en los años 60.
De izquierda a derecha, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, en los años 60.

El libro que acaba de publicar Alfaguara Dos soledades, un diálogo sobre la novela en América Latina, recoge la conversación mantenida por Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa en la Universidad de Ingeniería de Lima en septiembre de 1967.

Las conversaciones literarias han sido por miles desde entonces sobre el mismo tema, especialmente en estos tiempos de pandemia cuando todos nos hemos convertido en zombis; pero éste, leído más de medio siglo después, y con tanta agua literaria pasada por debajo del puente, ofrece pistas fundamentales.

Solo unos meses antes de esta conversación, apareció Cien años de soledad y García Márquez viene de Buenos Aires, donde se ha publicado la novela, arrastrando su repentina fama; y Vargas Llosa acaba de recibir en Caracas el premio Rómulo Gallegos por El invernadero. Es la década de auge, cuando también se publican La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, en 1962, y Rayuela, de Julio Cortázar, en 1963, año en el que también salió La ciudad y los perros, del propio Vargas Llosa, premio Seix Barral.

En la conversación de Lima se habla repetidamente de la auge. “No sé si el fenómeno de auge es en realidad un auge de escritores o si es un auge de lectores… ”, afirma García Márquez.

La auge puede ser cualquier cosa menos una generación literaria. Cuándo Rayuela Se publica, Cortázar, que podría ser más bien el abuelo, o el padre, de todos los demás, tiene ya alrededor de 50 años, y por la apariencia de La ciudad y los perros Vargas Llosa solo tiene 27 años. Los únicos contemporáneos entre ellos son Fuentes y García Márquez.

Tampoco pudieron haber firmado ningún manifiesto generacional, ni conspiraron para matar a sus padres, como es el caso de cada nueva generación de escritores jóvenes que se precie. Para algunos de ellos, los padres agradecidos son Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o William Faulkner.

El único padre con el que los protagonistas de la conversación limeña contraatacan es Borges, porque «se escapa de una realidad concreta, de una realidad histórica» ​​como piensa entonces Vargas Llosa; aunque García Márquez admite que no puede dejar de leerlo. Y sólo lo lee porque «es un hombre que enseña a escribir». Casi podemos ver a Borges en este diálogo como una deidad menor, que no sobrevivirá a los años.

Pero Borges se convierte en un tema recurrente en la conversación. Es una espina que sigue ahí, clavada en la garganta de ambos, y Vargas Llosa no parece tranquilo de conciencia. No puede ser que esta tentación de volver siempre a Borges, de leerlo y releerlo, no tenga razón, más allá de que su obra sea un buen manual para aprender a escribir. Borges, de alguna manera, dice Vargas Llosa, «está describiendo, mostrando la irrealidad argentina, la irrealidad latinoamericana». Y esa irrealidad «es también una dimensión, un nivel, un estado de esa realidad total que es el dominio de la literatura».

Lo plantea como una pregunta. «Te hago esta pregunta», le dice a García Márquez, «porque siempre he tenido problemas para justificar mi admiración por Borges». Pero el otro no se rinde. «No tengo ningún problema en justificar mi admiración, lo leo todas las noches», dice. Pero lo único que le interesa es «el violín que usa para expresar sus cosas». Su irrealidad es falsa, no es la irrealidad de América Latina, que «es una cosa tan real y cotidiana que se confunde totalmente con lo que se entiende por realidad».

Aquellos dos que niegan al maestro que admiran y que no pueden dejar de leer, un reaccionario, además, con viejas ideas, ignoran que ambos van a recibir en el futuro el Premio Nobel de Literatura que se le negará a Borges; pero también ignoran que este anciano ciego, tan molesto por sus opiniones impenitentes, será en todos los sentidos, como lo serán, y que su obra tendrá una inmensa influencia en las sucesivas generaciones de escritores en otros idiomas. Un gran clásico.

Y cuando Vargas Llosa se preocupa por el sentido de irrealidad latinoamericano de Borges como dimensión de la realidad total, es porque están hablando de algo que se volverá fundamental desde el auge como enfoque literario, y es ese concepto del todo. Las generaciones anteriores, desde Guiraldes hasta José Eustasio Rivera, pasando por Rómulo Gallegos, no supieron verlo todo, ambos coinciden.

Los del cuarteto de auge son los descubridores de toda América Latina. Se ven como piezas de un mecanismo narrativo, un modelo a armar, porque la realidad, siendo la misma en todas partes, con diferentes relieves, se presta a una sola escritura, una escritura colectiva a la que, además de ellos, Carpentier, Onetti , Rulfo.

La novela latinoamericana se convierte así en un gran concierto polifónico. Carlos Fuentes se convertirá en uno de los acérrimos impulsores de este concepto, e incluso llega a proponer la redacción de una novela de novelas, cada una de ellas un capítulo escrito por un novelista diferente.

Y este concepto de totalidad, de visión común, sólo es posible porque finalmente ha llegado a conquistar la modernidad. Un nuevo descubrimiento de América.

Sergio Ramírez es escritora, Premio Cervantes 2017.

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