Iván Duque enfrenta críticas de su partido por la gestión de las protestas en Colombia |  Internacional
Iván Duque, durante una reunión con autoridades y manifestantes, este lunes en Cali (Colombia).
Iván Duque, durante una reunión con autoridades y manifestantes, este lunes en Cali (Colombia).Nicolás Galeano / EFE

El presidente de Colombia, Iván Duque, viajó este lunes a Cali en medio de la grave crisis política y social que vive el país. Unas horas antes de subir al avión, aseguró que no, que no iría a la ciudad donde se están produciendo episodios más violentos para no distraer el trabajo de la policía con su presencia. Sin embargo, rectificó tras fuertes críticas de algunos políticos de su propio partido y las imágenes en las que se ve a civiles armados enfrentando a los manifestantes para evitar mayores bloqueos. Duque intenta apaciguar un estallido social que amenaza con hacer ingobernable su último año en el cargo.

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Los últimos en mostrar su disgusto al presidente, cada vez en una situación más difícil a medida que aumenta la tensión en las calles, son los integrantes de su formación, el derechista Centro Democrático. “El presidente Iván Duque ha afirmado que para no distraer la labor de la policía, no vendrá a Cali. Para no distraer al banquillo, con su abandono por parte de mi ciudad, renuncio al vocero del Centro Democrático ”, anunció en Twitter un senador de la región, Gabriel Velasco. Otra senadora de su partido, Paloma Valencia, hizo un llamamiento público para realizar una acción militar «contundente y sostenida para restaurar el orden público».

Duque respondió a la llamada. Las escenas que vinieron de Cali fueron preocupantes. El domingo por la noche ordenó el mayor despliegue policial del que es capaz el estado. Pidió a la guardia indígena, uno de los jefes de la protesta, que regrese a sus territorios para evitar enfrentamientos. Los indígenas fueron baleados por hombres armados vestidos de civil cuando intentaban establecer puestos de control y bloquear autos en las zonas más ricas de Cali. La tensión fue máxima.

Al amanecer, Duque voló en el avión presidencial a Cali, un viaje de 35 minutos. Allí realizó un consejo de seguridad pública y conversó con el alcalde de esa ciudad, Jorge Iván Ospina, y el gobernador de esa región. A las cuatro horas regresó a Bogotá, donde lo esperaba una reunión con los representantes del comité de huelga. El éxito de estas negociaciones dependerá en gran medida del futuro de Duque, a quien le quedan 15 meses en el poder.

Un hombre participa en un bloqueo en el sur de Cali (Colombia).
Un hombre participa en un bloqueo en el sur de Cali (Colombia).Pablo Rodríguez / EFE

Un país bloqueado -o medio gas en ocasiones-, con gran incertidumbre y siendo cuestionado por instituciones internacionales por las acciones de la policía durante las protestas, convertiría el fin de su mandato en un páramo. Porque, según sus propias proyecciones, aún tiene deberes por hacer, como impulsar una nueva reforma tributaria, esta vez más consensuada. Colombia, sin nuevas reglas fiscales, corre el riesgo de aumentar su deuda y caer en el bono basura, según analistas económicos. Duque está convencido de que es lo mejor para el país, aun a riesgo de comprometer su popularidad, que está muy conmovida a estas alturas. Cree, según quienes lo conocen, que el tiempo acabará dándole la razón.

Pero primero tiene que sofocar protestas que durarán dos semanas. Comenzaron por su desacuerdo con la reforma tributaria. Duque lo retiró y se deshizo de su ministro de Finanzas que lo había ideado. La calle no se calmó. Anunció que los militares saldrían a patrullar las calles para tratar de mantener el orden, pero el descontento solo aumentó.

Ahora, desde su partido, que está intentando recuperarse del golpe de impopularidad que ha supuesto para apoyar la subida de impuestos, le piden que aplique una mano más fuerte. Su mentor, el expresidente Álvaro Uribe, líder de esa formación, figura hiperpresente en la vida del país desde hace dos décadas, aconsejó al mandatario, desde su cuenta de Twitter, incrementar el número de policías y antidisturbios en Cali y para detener «A la horda de bandidos que han invadido la ciudad».

En esa retórica no hay espacio para la negociación con los manifestantes. Duque, por un lado, se ha mostrado firme en condenar los disturbios y en su intención de desplegar más fuerza en los lugares ocupados por los manifestantes. Eso sí, nunca se ha referido explícita y directamente a las muertes de jóvenes a manos de la policía27, que pueden llegar a 38, según HRW, que estudia los casos. Las organizaciones humanitarias también denuncian la desaparición de decenas de personas. Por otro, ha mostrado una predisposición al diálogo que no tuvo durante la primera semana.

Duque se está moviendo en este acto de equilibrio para tratar de desactivar protestas ampliamente dispersas que involucran a muchos actores y factores que han paralizado casi por completo a una nación. Los historiadores los consideran los más importantes de los últimos setenta años. Condensar las soluciones a todo este descontento en un solo diálogo, en busca de una solución, aunque sea provisional, puede llevar tiempo. Y el presidente Duque no tiene suficiente.

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