Jorge Valdano: Con todos vosotros, el nuevo fútbol |  Deportes

Lo que trajo el que no vino. Durante el verano, Mbappé estuvo a punto de subirse a un avión todos los días para llegar a Madrid. Al final de la tarde, el aterrizaje se pospuso unas horas. Nunca llegó. La primera consecuencia del fichaje frustrado es que acabó con semanas de fantasía mediática, demostrando que, para cargar una buena idea, nada mejor que exagerar. La segunda es la evidencia de que el fútbol pasó de ser un tema técnico y sociológico a un tema económico. Quien quiera ser periodista deportivo, estudie economía. La tercera tendencia es que dentro de la cultura de impacto en la que estamos, incluso el Real Madrid, que es el único imperio conocido que no conoce la decadencia, necesita un Mbappé para pintar el mito. El ruido vence a la discreción, la economía sobre el juego y el individuo sobre el club.

Messi sobrevive a la confusión. Para agregar a la confusión, Messi apareció en la televisión con una camiseta extraña y un fútbol conmocionado. Jugó 30 minutos a su manera, sin ningún afán exhibicionista. Un día Maradona pasó por Madrid en un momento en que aún no existían los móviles y llamó a mi casa dos o tres veces sin encontrarme. Al cuarto le contesté y me dijo uno de sus genios: «Qué difícil es encontrarte … ¿quién te crees que eres, Maradona?» En broma o en serio, Diego tuvo una conciencia muy temprana de su posición inalcanzable. Messi, no. Hay como una falta de armonía entre esa personalidad discreta y el gran destino que le fue otorgado. Él es sólo un «ser superior» dentro del campo; Afuera, es un término medio: lleva a sus hijos a la escuela, no hace declaraciones tajantes, vive al margen del ruido social y mediático. Aquí hay un jugador antiguo protagonista del fútbol moderno.

Ser o no ser. Messi con otra camiseta hizo física la idea de que no pasará a la historia como un genio del Barça, sino como un genio del fútbol. Un ingrediente más en el interminable torrente de problemas que aqueja a este Barça. El club parece atrapado entre los dientes de una trampa económica que obliga a tomar decisiones sorprendentes como regalar a Messi, prestarle a Griezmann o vender a Ilaix y Emerson. Pero el peor vaciado es el de su pueblo futbolístico, que en una tercera parte aún no ha renovado sus carnés. Un debilitamiento sorprendente de la identidad cuando el club más necesita a su gente, pero también un síntoma de que la deriva económica del fútbol está produciendo un desprendimiento peligroso. Un club de fútbol siempre ha sido una pequeña patria construida con la fuerza hereditaria de la tradición, con ídolos que operan como héroes y logros que son conquistas colectivas. Hay que empezar a preguntarse: ¿qué es un club hoy? ¿Y qué es el fútbol?

Cuanto más dinero, menos sentimiento. El fútbol siempre fue un entretenimiento que convoca los sentimientos de miles de personas desinteresadas dispuestas a dejar su dinero y, de ser necesario, amargar la vida en la lucha por el bien; es decir, para tu club. ¿Recuerdas el clásico? Un partido entre vecinos orgullosos en un pulso que interesó al mundo. Pues bien, esta temporada ese interés se lo va a robar el PSG ante el City, dos clubes que hace 10 años eran irrelevantes y ahora son estatales aspirantes de talento. ¿Recuerdas la fiereza del fútbol sudamericano? Pues ahora ni siquiera se indignan cuando Europa amenaza con no darles los jugadores para los playoffs de selección. ¿Recuerdas cuando los ídolos se llamaban Butragueño, Raúl o Casillas? A este paso, el próximo ídolo se llamará Florentino Pérez. Señoras y señores, con todos ustedes, el nuevo fútbol.

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