Líder político talibán Abdulghani Baradar llega a Kabul para negociar el nuevo gobierno |  Internacional
El líder político talibán Abdulghani Baradar (en el centro con gafas y barba blanca) habla con el enviado especial ruso para Afganistán, Zamir Kabulov, durante su visita a Moscú el pasado mes de mayo.
El líder político talibán Abdulghani Baradar (en el centro con gafas y barba blanca) habla con el enviado especial ruso para Afganistán, Zamir Kabulov, durante su visita a Moscú el pasado mes de mayo.Alexander Zemlianichenko / AP

Los talibanes anunciaron este sábado la llegada a Kabul del clérigo Abdulghani Baradar, cofundador del movimiento y líder de su ala política. Baradar se está reuniendo con otros líderes afganos para negociar un nuevo gobierno que los fundamentalistas islámicos han prometido será «inclusivo». Una semana después de que la milicia se apoderara de la capital de Afganistán, el vacío de poder comienza a pasar factura a los bancos sin un centavo, el comercio paralizado y la economía en caída libre. Más allá del pánico desatado por sus posibles represalias, a muchos afganos les resulta difícil hacer frente a las necesidades básicas del día a día.

El movimiento islamista es deliberadamente ambiguo sobre sus intenciones. Un portavoz anónimo citado por Reuters dice que el grupo planea tener listo en las próximas semanas «un nuevo modelo para gobernar Afganistán, con diferentes equipos para abordar la seguridad interna y los problemas financieros». El día anterior, Wahidullah Hashemi, miembro del liderazgo talibán, mencionó la posibilidad de formar un Consejo de Gobierno bajo la autoridad de su líder supremo, el mawlawi Hibatullah Akhundzada, que guarda silencio.

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Akhundzada estaría por encima del presidente, cargo para el que se rumorea Baradar por su experiencia al frente de la Oficina Política del grupo en Doha (Qatar), desde donde voló a Kandahar, la segunda ciudad de Afganistán, el pasado martes. Pero hay otros contendientes. En lo que coinciden todas las fuentes es en que no va a ser una democracia en el sentido occidental, aunque, dicen, respetará los derechos de todos.

No está claro cómo lograrán ese objetivo y los informes de abusos comienzan a cuestionar el lenguaje suave con el que los islamistas intentan distanciarse de la brutalidad del régimen que impusieron entre 1996 y 2001. “Hemos escuchado algunos casos de atrocidades y crímenes contra civiles. Admite el interlocutor de Reuters antes de asegurar que van a investigar si los miembros de la milicia son los responsables. También afirma que contarán con «expertos del gobierno anterior» para gestionar la crisis.

La medida, más que generosa, parece una necesidad. En el sector de la salud, la situación es particularmente preocupante. El 75% del sistema depende de la ayuda exterior. Si se suspende el financiamiento y si profesionales calificados, especialmente médicos y enfermeras, abandonan el país, el sistema colapsa.

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Quizás por eso entre los encuestados se encuentra, como ha podido saber EL PAÍS, el hasta ahora ministro de Sanidad en funciones, Waheed Majroh, que pasaría a hacerse cargo de la cartera. De confirmarse, este nombramiento sería bien recibido por las agencias y organizaciones humanitarias. «Permitiría que continúen las campañas de inmunización contra el covid y contra la polio», declara un funcionario de una agencia internacional antes de recordar las dificultades que ha enfrentado este último esfuerzo en las zonas controladas por los talibanes.

Habrá que ver en qué condiciones y con qué margen de maniobra tendrán quienes acepten permanecer en sus puestos. También en qué medida los empleados públicos están dispuestos a trabajar con los talibanes. Algunos políticos, como el ex presidente Hamid Karzai o el jefe del Consejo de Reconciliación, Abdullah Abdullah, se han ofrecido a facilitar la transición. Sin embargo, hay cargos en la Administración que han preferido pasar a la clandestinidad. “Trabajamos fuera y en silencio”, confía un hasta ahora director general de un ministerio. Los talibanes han pedido a otros que se queden en casa cuando se presenten en sus puestos de trabajo.

La demora en formar gobierno o anunciar quién presidirá la nueva administración tras el golpe confirma que los talibanes no esperaban un triunfo tan repentino. Mientras tanto, frustrados por la falta de interlocutores, muchos afganos recurren a las redes sociales para denunciar los abusos a los que están siendo sometidos, la imposibilidad de sacar dinero de los cajeros automáticos y las dificultades que enfrentan para alimentar a sus familias. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) estima que un tercio de los 38 millones de personas necesitan ayuda alimentaria y, como el resto de agencias de la ONU, pide a los donantes que no suspendan sus contribuciones.

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