Narcotráfico en México: La Zambada y el Arellano Félix, el regreso de los narcos de los noventa
Vicente Zambada (izquierda), tras su detención en México en 2014, y Eduardo Arellano Félix (derecha), en 2008.
Vicente Zambada (izquierda), tras su detención en México en 2014, y Eduardo Arellano Félix (derecha), en 2008.AP

Si hay dos familias de narcotraficantes que marcaron la guerra que sembró cadáveres en México en los años siguientes, fue la sangrienta pelea entre el Cartel de Sinaloa y Los Arellano Félix. La batalla y la caza entre los miembros de las dos familias a principios de la década de 1990 fue la primera gran guerra entre narcotraficantes en la historia de México. Hasta entonces, los capos de la droga estaban organizados por un solo comando, siempre a cargo de los de Sinaloa. Pero la detención de los jefes supremos y las disputas internas por el territorio provocaron las batallas más sangrientas. Este año Estados Unidos liberará a dos de sus integrantes: el hijo mayor del jefe del poderoso cartel de Sinaloa que nunca ha sido arrestado, Mayo Zambada, y posible heredero de ese imperio criminal, Vicente Zambada, y uno de los hermanos Arellano Félix, Eduardo.

Los acuerdos de colaboración con la justicia estadounidense, especialmente para la información privilegiada sobre el funcionamiento de los cárteles a la agencia antidrogas (DEA), les ha dado el beneficio de no pasar el resto de su vida en prisión. Cadena perpetua, como la que cumple Joaquín El Chapo Guzmán, socio de Vicente y El Mayo en Sinaloa, es la condena habitual por delitos de narcotráfico. Sin embargo, la declaración de Zambada contra El Chapo en la corte de Nueva York, así como la estrecha cooperación desde su extradición en 2010, lo salvaron de una vida tras las rejas y, aunque las autoridades estadounidenses no pueden confirmar la fecha, esta será libre este año. Algo parecido ocurre con Eduardo Arellano, aunque su rol en la organización tijuanense fue mucho menor, y actuó más como informante. Su condena se cumple en agosto.

Más información

La salida de prisión de estos dos grandes nombres de la droga revive en la memoria colectiva la sangrienta batalla de los noventa. Una guerra que superó los objetivos logísticos, el control de territorios y fronteras, y se convirtió durante más de una década en una cuestión de honor y traición, las duras reglas que regían el crimen en otra época. El principal artífice de esta antigua forma de saldar cuentas pendientes es, según la periodista Anabel Hernández, autora de El traidor —Acerca de la vida de El Vicentillo y sus acuerdos con la DEA— Ismael Mayo Zambada, padre de Vicente y cabecilla indiscutible del cartel de Sinaloa. El único capo de su generación -73 años- que nunca ha sido perseguido ni detenido por las autoridades, a pesar de haber sido traficante desde hace más de 50 años, y que orquestó, permitió y ordenó la guerra contra los Arellano Félix.

El gran imperio criminal controlado por Sinaloa, entonces llamado cartel de Juárez, comprendía una serie de pactos de territorios que la guerra contra los Arellanos estalló años después. Desde los años ochenta el jefe de caciques era Miguel Ángel Félix Gallardo, quien junto a Ernesto Fonseca Carrillo (Don Neto) y Rafael Caro Quintero, establecieron negocios con la poderosa organización de Pablo Escobar. Hasta entonces, también existían acuerdos tácitos con otros cárteles en la frontera norte de México por tráfico de drogas. Pero hubo un punto de inflexión en el narco mexicano: el brutal asesinato del agente de la DEA Kiki Camarena en 1985. La agencia puso el foco como nunca antes en estos criminales mexicanos, acusados ​​de uno de los crímenes más atroces contra uno de los suyos. , y la caza acabó con todos: Don Neto fue detenido en 1985; Félix Gallardo fue capturado en 1989 y sigue cumpliendo condena en México, y Caro Quintero, la única directamente implicada por la agencia en el secuestro, tortura y ejecución de Camarena, detenida en 1985 en Costa Rica. En 2013 fue puesto en libertad tras un controvertido fallo de los tribunales mexicanos y actualmente se encuentra desaparecido. Pero la DEA no se olvida: hace un año pidió la mayor recompensa para un delincuente, 20 millones de dólares.

Luego del colapso del sólido aparato criminal mexicano, el aparente control de los sinaloenses vaciló. Y las guerras por puntos clave de tráfico marcaron la década de 1990. En el que El Mayo, uno de los miembros más antiguos del cártel de Guadalajara, aliado de El Chapo, libró la batalla que revive estos días con la liberación de Vicente y uno de sus eternos rivales, Eduardo Arellano.

Todo empezó en Tijuana. La lucha de El Mayo, que a principios de esa década vivía en esta ciudad fronteriza con California, para evitar que los Arellanos –en ese entonces dirigidos por los hermanos Benjamín y Ramón, los más sanguinarios– se apoderaran del poder absoluto de la franja de tráfico. código de la cocaína, terminó condenando a muerte a su hijo mayor, Vicente, alias El vicentillo. Según los testimonios de su abogado y los escritos del propio Vicentillo al periodista Hernández, los Arellanos intentaron asesinarlo por primera vez en 1991, cuando solo tenía 16 años. Este conflicto se ve agravado por las fechorías de un joven Chapo Guzmán – socio de El Mayo – contra los Arellanos para disputar su lugar. Y durante los primeros años noventa se produjeron sangrientos atentados nunca antes vistos.

Aunque algunos analistas discrepan sobre cómo comenzó la batalla con los Arellanos, todos coinciden en que la guerra entre los de Sinaloa y los de Tijuana fue la primera gran batalla de la droga. Estas guerras internas sembraron de cadáveres el territorio nacional, luego fueron Los Beltrán Leyva y Los Zetas. En Baja California, estado del cual Tijuana es capital, incluso se dijo en esos años, según diarios locales que citaron fuentes federales, que solo había dos tipos de muertes: los sinaloenses y los sinaloenses. arellanos. No quedaba más. Tijuana fue colocada en el templo de la muerte en México, colgada de puentes, desmembrada y en una de las ciudades más peligrosas del mundo.

La batalla entre Los Arellano y los de Sinaloa se agudizó en 1992 con el atentado perpetrado por El Chapo Guzmán y su lugarteniente El Güero Palma – ahora también a la espera de ser liberado a los 61 años, luego de 26 en prisión, menos que el Gobierno mexicano impute nuevas cargos en su contra – en Puerto Vallarta contra los hermanos Benjamín y Ramón Arellano. La masacre del club nocturno Christine dejó seis muertos y cientos de casquillos de bala.

En medio del conflicto, los hermanos Arellano Félix infiltraron a un sicario en el círculo más estrecho del poder de Sinaloa. Primero sedujo a la esposa de Güero Palma. Luego la mató y le envió la cabeza a su esposo en una caja de metal refrigerada. Una semana después, Güero recibió otro mensaje macabro. Una cinta de video que graba cómo sus dos hijos, Nataly y Héctor, de cuatro y cinco años, fueron arrojados desde un puente de más de 150 metros de altura en Venezuela.

Pero el momento que marcó la escalada del enfrentamiento fue el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas en el estacionamiento del aeropuerto de Guadalajara en 1993. El fuego cruzado en el estacionamiento fue entre los Arellanos y los hombres de El Chapo Guzman. El gobierno mexicano culpó de la muerte del clérigo a El Chapo, hasta entonces solo conocido por los crueles ataques contra los de Tijuana, y lo catapultó a la fama mundial. Guzmán fue detenido ese año en Guatemala, aunque en 2001 escapó de la cárcel por primera vez.

Justo en esos años, a principios de la década de 2000, comenzó el declive de los Arellanos. En 2002, uno de los poderosos hermanos, Ramón, fue acribillado a balazos en un carnaval en Mazatlán (Sinaloa). Según el periodista Hernández, años antes habían ordenado el asesinato de la familia de una de las esposas de El Mayo, además de provocar un atentado con coche bomba en su contra en Guadalajara (Jalisco). Una semana después, Benjamín fue arrestado (sentenciado en Estados Unidos a 25 años por tráfico de drogas). El más joven, Francisco Javier, conocido como El tigrillo, permaneció como líder del cartel tras la muerte de su hermano Ramón. Sin embargo, fue detenido en 2006 por la guardia costera estadounidense mientras pescaba en un yate a 25 kilómetros de la costa de Baja California y fue sentenciado a 23 años y medio también en Estados Unidos.

Por Eduardo Arellano, alias El doctor, cuya condena por blanqueo de capitales de este cartel se cumple en agosto, se presume que heredó una organización criminal al borde de la extinción tras esa guerra y la persecución policial. Fue su hermana Enedina, su hijo y él quien continuó con el negocio cuando cayeron el resto de los hermanos. Pero, según Hernández, creer que El Mayo ha considerado que la batalla resuelta es un error: “El odio de El Mayo por los Arellanos es infinito. Esto no quiere decir que con la liberación de Eduardo comience una guerra, los Arellanos prácticamente no existen y ya no tienen la capacidad para enfrentarse al poderoso cartel de Sinaloa. Pero para un hombre como Ismael Zambada es una cuestión de honor que haya un ajuste de cuentas ”.

Una década después de la guerra entre las familias, otro hermano, Rafael Arellano, que había sido liberado en 2008, luego de su captura en 1993 y extradición a Estados Unidos, fue asesinado a tiros por un sicario disfrazado de payaso en 2013 en Los Cabos. , Baja California Sur. Habían pasado más de 10 años y los Arellanos ya eran solo un recuerdo del sangriento pasado del narcotráfico. La salida de otro de los miembros del clan Tijuana en agosto resucita una vez más la cruel guerra de familias de los noventa.

Suscríbete aquí a Boletin informativo de EL PAÍS México y reciba todas las claves informativas de la situación actual de este país

Por admin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *