Protestas: Colombia enfrenta su peor momento de la pandemia en medio de disturbios sociales |  Internacional
Un grupo de manifestantes participa en Cali en una protesta contra el Gobierno de Iván Duque, el 30 de abril de 2021.
Un grupo de manifestantes participa en Cali en una protesta contra el Gobierno de Iván Duque, el 30 de abril de 2021.LUIS ROBAYO / AFP

Hace apenas unos días, Colombia superó el medio millar de muertes diarias por primera y única vez durante la pandemia.

Esta tercera ola tomó por sorpresa al país, como lo hizo para muchos (no otros) el estallido de protestas que se abrió con el Paro Nacional el pasado miércoles. Los ciudadanos acudían a él con (y en no poca medida también por) una tasa de pobreza relativa que cerraba 2020 en 42% según el Departamento Nacional de Estadística, dato que no se veía desde 2012.

La cifra fue mayor en las ciudades, que en realidad explicaron prácticamente la totalidad de este aumento. La epidemia, como fenómeno inevitablemente urbano tanto en el contagio como en las medidas implementadas para contenerla, produjo tres millones de nuevos pobres en Colombia según relatos del DANE. 1,1 millones en Bogotá.

Un corte transversal de las muertes revela que, efectivamente, las grandes ciudades colombianas han “desplazado” los picos: primero las caribeñas Barranquilla (junto con su vecina solitaria) y Cartagena; entonces entraría la capital; y desde allí Medellín buscaría un crecimiento más sostenido durante el tercer trimestre de 2020.

Medellín sería también el primero en estallar en este tercer pico, junto con un rebrote en Barranquilla que sorprendió a quienes consideraron que la prevalencia del virus durante el año anterior sería una barrera inmunológica suficiente, que llegó al 60% según estudios basados ​​en muestras representativas de pruebas. de anticuerpos realizados por la autoridad epidemiológica nacional.

No fue por varias razones, todas ellas relacionadas con el hecho de que la inmunidad no es un valor absoluto sino relativo. En este caso, se trata de al menos dos cosas: en primer lugar, la distribución de los casos pasados ​​no tenía que ser territorialmente homogénea. Si se hubieran estado concentrando en ciertos barrios, en ciertas familias o áreas dentro de cada ciudad, eso significa que el virus tuvo suficiente para insertarse en estos espacios potenciales de contagio. A esto hay que agregar un segundo factor crucial: en este año pandémico, le hemos dado al virus tiempo y espacio en el mundo para mutar y mejorar su capacidad de evadir la inmunidad adquirida por infecciones pasadas. No del todo, pero sí lo suficiente. Por ejemplo: se estima que estas defensas solo sirven 54% -78% contra la variante conocida como P1, de origen brasileño. Algo parecido ocurre con el que nació en Reino Unido. Ambos con probada presencia en Colombia, es más que probable que hayan jugado un papel clave en la inusual velocidad que adquiere este nuevo pico.

Cabe recordar que los efectos de las protestas, en su caso, aún no aparecen en los datos, debido al doble retraso entre la fecha de contagio y el inicio de los síntomas, y entre éste y la confirmación de la infección en los datos oficiales. .

La vacunación sube, pero falta

La única herramienta universal que el mundo ha encontrado contra el virus es la vacunación. En Colombia está en marcha desde mediados de febrero, pero su crecimiento ha sido lento en comparación con Argentina, Brasil o México.

El principal cuello de botella para que esta curva se acelere es la llegada de dosis a Colombia, obstaculizada por una oferta restringida y una demanda que llega a toda la población mundial. Para superar esta restricción, el gobierno colombiano sumó a los acuerdos anunciados en diciembre y enero una compra de emergencia de varios millones de dosis a la farmacéutica Sinovac, que debían llegar entre marzo y abril. Con ello, se esperaba lograr un sostenido de 200.000 dosis administradas diariamente, ritmo necesario para el objetivo que se propuso el gobierno: 70% de la población vacunada antes de fin de año.

Pero Sinovac retrasó los partos, posponiendo los aumentos esperados (y provocando que la segunda dosis necesaria para muchas personas mayores de 70 años tuvieran que ser reprogramadas). Así, si bien la tendencia es alcista, y se han realizado varios días con cifras por encima de las 150.000, solo en contadas ocasiones se ha alcanzado el mencionado objetivo de superar las 200.000.

Como no se abre el cuello de botella de la oferta global, las autoridades colombianas han optado por relajar el orden que habían establecido para la administración de vacunas: por ejemplo, incluir a todas las personas entre 50 y 59 años en la siguiente etapa, que en principio solo consideraba personas con comorbilidades y determinados perfiles laborales. Además, el Ministerio de Sanidad está siguiendo de facto una política de fases superpuestas: activó las primeras dosis de los menores de 65 años cuando aún quedan segundas dosis de mayores por aplicar (pero asegurando que se reserven los viales necesarios para ello) ; y la etapa por venir comenzará antes de que las personas de 60 a 65 años estén completamente vacunadas.

Esta decisión apunta a priorizar la eficiencia sobre otras consideraciones, como la equidad. La incidencia territorial de la vacunación por entidades también indica cómo las desigualdades en el acceso a la salud se están filtrando en la implementación del Plan.

Los territorios tradicionalmente peor atendidos por el estado están rezagados en las tasas de vacunación. La excepción de la zona amazónica se debe a una estrategia de contención contra la penetración del virus de Brasil, país fronterizo que pasó su peor pico unas semanas antes que Colombia. Pero, fuera de eso, áreas como la ciudad portuaria de Buenaventura tienen una cobertura que representa solo una quinta parte de la Barranquilla del Caribe, con un sistema de salud más robusto.

Una reforma sanitaria pendiente es de hecho otro tema polémico en las movilizaciones en curso. Más allá de los detalles de dicha regulación, bastante poco ambiciosa, el problema de fondo es que el 95% de cobertura de salud que tiene la población colombiana en el papel no se traduce en un acceso igualitario para toda la población. Así, si bien la protesta puede abordarse con argumentos más o menos afines a la reforma, su base más plausible es un reclamo de nivelación territorial y entre personas de acceso efectivo a la salud.

Aquí, como en otros individuos que rondan el descontento, el problema parece ser más de desarrollo efectivo y sobre todo equitativo de las capacidades estatales, que de grandes anuncios o cambios regulatorios.

Mientras tanto, la tercera ola avanza junto con una vacuna que, como en otros países, parece estar funcionando. Al menos esto es lo que sugiere de manera preliminar la evolución menos pronunciada de las muertes en el segmento de la población mejor cubierto: los de 80 y más años. Sus antecesores inmediatos, los del 70 al 79, siguen sin embargo el mismo ritmo, sumando una tragedia más a un país que, últimamente, los acumula.

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