Protestas en Colombia: la vergüenza de la democracia colombiana |  Opinión
Miembros del Escuadrón Móvil Antidisturbios detienen a un manifestante durante una protesta en Madrid, un municipio cercano a Bogotá, el 28 de mayo.
Miembros del Escuadrón Móvil Antidisturbios detienen a un manifestante durante una protesta en Madrid, un municipio cercano a Bogotá, el 28 de mayo.Mauricio Dueñas Castañeda / EFE

Hace muchos años, un político colombiano llamado Darío Echandía, cansado de ver cómo las instituciones democráticas y la represión coexistían en Colombia, concluyó que la democracia colombiana se parecía a un orangután con una sacoleva. Es decir, que era una democracia de apariencia, que se jactaba de sus formas y que se vestía de ellas sólo para ocultar su persistencia en los modos de hecho.

Comparto esa definición: la democracia colombiana es una farsa que ha disfrazado elegantemente su ethos primordial y brutal. Una farsa que también ha tenido éxito porque tiene seguidores que creen en ella.

La democracia colombiana ha internalizado la represión con una facilidad que las dictaduras envidiarían. Prueba de ello es la facilidad con la que el presidente Duque ha recurrido a la represión para silenciar las demandas de los jóvenes que desde hace un mes protestan en Colombia.

Las cifras de muertos, detenciones arbitrarias, abuso de la fuerza e incluso personas desaparecidas no pesan ni sobre el Gobierno ni sobre los centros de poder que se han dedicado a hacer lo que mejor saben hacer: callar ante los abusos y mirar al otro lado cuando civiles armados salen a disparar en las marchas ante la mirada cómplice de la policía, como si eso no se llamara paramilitarismo.

Los 43 jóvenes asesinados por la brutalidad policial registrados por la ONG Temblores no han suscitado una declaración de rechazo por parte del Gobierno o su partido. Para entender la falta de empatía del presidente: sale a condenar diligentemente los bloqueos que afectan a la economía y sobre todo al gran capital, pero no ha tenido tiempo de enviar un mensaje solidario a la madre de Santiago Murillo, un joven de 14 años. niño que murió de una bala disparada por un oficial de policía cuando regresaba de la escuela.

En Colombia, el uso de armas de fuego por parte de la policía en manifestaciones públicas está prohibido, pero en la práctica la policía las está utilizando para reprimir la protesta. El uso desproporcionado de la fuerza se ha convertido en otra de las líneas rojas que las instituciones han transgredido sin mayor problema. Uno de los primeros muertos fue un joven de 17 años que intentó patear a un policía. El agente se bajó de su motocicleta, sacó su arma y lo mató.

Tampoco hay indignación por los 1.133 actos de violencia física contra protestantes registrados por Tremors, ni por los casi 43 jóvenes que han quedado sin un ojo por las balas de goma disparadas por Esmad. No importa el número de detenciones arbitrarias que ascienden a más de 1.445.

A la narrativa oficial no le importa que los jóvenes sean capturados, subidos a camiones y patrullas policiales donde muchos aseguran haber sido víctimas de violencia y que las mujeres son agredidas sexualmente como si fueran botines de guerra. Tampoco parece un ultraje que no se les permita llamar al abogado ni a sus familiares, y se les mantenga incomunicados por un tiempo que excede el permitido por la ley. No hay preocupación por el hecho de que haya un número preocupante de personas que fueron capturadas y que no comparecen, ni que la Fiscalía atienda este atropello como si fuera un trámite normal. La semana pasada la entidad dio a conocer que de las 419 personas que habían sido reportadas como desaparecidas, 219 ya habían aparecido, pero aún seguía la búsqueda de otras 129 personas.

La represión en Colombia siempre ha tenido una justificación ideológica y se ha realizado dentro de las causas constitucionales. Esta democracia de sacoleva permitió en la década de 1920 que una huelga de trabajadores de la United Fruit Company fuera reprimida y culminara en una masacre que García Márquez recuperó del olvido en Cien años de soledad. Esta democracia es la misma que a fines de la década de 1940 protagonizó La Marcha del Silencio en la que se denunciaron los abusos de la represión estatal y que culminó con el asesinato de su líder, Jorge Eliecer Gaitán.

Esta espantosa contradicción entre el culto a las formas y la represión se vio reforzada con la llegada al poder del ex presidente Uribe. Al amparo de su política de seguridad donde todo vale con la excusa de la guerra contra las FARC, hubo detenciones masivas de civiles, periodistas críticos y miembros de la oposición fueron interceptados ilegalmente. La protesta fue tratada como una ayuda al enemigo interno, que era la guerrilla.

Con las FARC desmovilizadas, Uribe ahora se ve obligado a retocar sus narrativas y desempolvar la tesis de la «revolución molecular disipada», que comenzó a socializar desde las marchas de 2019 entre el cuartel del ejército, la policía y los salones. de clubes sociales.

Según esta teoría, estas protestas son en realidad un plan para desencadenar una guerra de guerrillas y deben considerarse objetivos militares porque supuestamente quieren llevar al país a un estado de guerra civil. El presidente Duque, en una torpe auto entrevista en inglés, graduó a Gustavo Petro, el candidato presidencial que lidera las encuestas, como responsable de esta supuesta «revolución molecular disipada».

Con esta delirante justificación es que el Gobierno de Duque está reprimiendo la protesta en Colombia. De esta manera se inicia una progresiva militarización de la democracia que ha comenzado a quitarle poderes a los alcaldes y gobernadores elegidos popularmente, y que puede terminar con la decisión de imponer un estado de shock. Esta figura existe en la Constitución y otorga al presidente poderes especiales para restaurar el orden público. Uno de ellos: aplazar las elecciones.

La represión no solo sirve para silenciar las demandas sociales y detenerlas. También es la receta que tiene el Uribismo para mantenerse en el poder y ganar las elecciones el año que viene. Quieren pasar a la historia como los salvadores que sacaron al país de las garras de una «revolución» que ellos mismos inventaron.

¿Cuántas muertes más se necesitan para que el expresidente Uribe finalmente se sienta como el héroe que esquivó una amenaza que él mismo fabricó? No lo sé.

Lo que sí sé es que la democracia colombiana sufrió un descaro: de repente perdió sus formas y quedó al descubierto con toda su vergüenza.

Ahora parece un orangután que ha perdido su sacoleva.

María Jimena Duzán es periodista y autor de Santos. Paradojas de la paz y el poder (Debate).

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