Sergio Ramírez: El generalísimo del brazo largo |  Opinión
Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961).
Rafael Leónidas Trujillo (1891-1961).Revista Life / Cordon Press / Hans Walker

En septiembre de 1956 se celebró en Panamá una cumbre de las Américas, a la que asistió el general Dwight Eisenhower, presidente de los Estados Unidos, quien estuvo rodeado por la más conspicua de la fauna de dictadores latinoamericanos, todos con sus más vistosas galas militares. y el cofre sobrante de medallas.

Era la época de las repúblicas bananeras, cuando en medio de la guerra fría los hermanos John Foster y Allen Dulles, un jefe de la CIA, el otro secretario de Estado, destituyeron e instalaron presidentes en el Caribe, si la United Fruit Company. tan querido. .

Las fotos tomadas en esa ocasión en los salones del recién inaugurado hotel El Panamá son memorables. En ellos aparecen el General Anastasio Somoza de Nicaragua, el Coronel Carlos Castillo Armas de Guatemala, el General Marcos Pérez Jiménez de Venezuela, el General Gustavo Rojas Pinilla de Colombia y el General Fulgencio, contendiendo por el sitio más cercano a Eisenhower. Batista, de Cuba.

Sin embargo, falta el más poderoso e influyente de todos esos sátrapas vestidos con trajes de opereta, el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Dueño del poder absoluto en República Dominicana, por razones protocolares no pudo estar presente en el cónclave, ya que había cedido la presidencia en préstamo temporal a su hermano, el general Héctor Bienvenido. Negro Trujillo, que ocupa su lugar en la foto familiar.

El generalísimo, que no había tenido reparos en llamar a la capital Ciudad Trujillo, en su propio homenaje, fingiendo modestia, había dejado la banda presidencial en depósito a Héctor Bienvenido, el más dócil y sojuzgado de sus hermanos, mientras conservaba en su puño todo poderes, comenzando por la vida y la muerte.

Esta peculiar fauna no tardaría en desaparecer del mapa. Somoza fue asesinado a tiros, al regresar a Nicaragua, por un poeta desconocido; Rojas Pinilla se vio obligado a dimitir por una huelga nacional en mayo de 1957; en julio del mismo año, Castillo Armas cayó bajo las balas de un guardia del palacio presidencial; Pérez Jiménez fue derrocado en enero de 1958; y Batista huyó de Cuba en la víspera de Año Nuevo de ese mismo año. Y el gran ausente, el generalísimo Trujillo, fue emboscado y asesinado el 31 de mayo de 1961, hace ya sesenta años.

El Generalísimo se consideraba a sí mismo en un lugar más alto que sus otros colegas del zoológico. Somoza, luego de una visita oficial a Ciudad Trujillo en 1952, regresó quejándose de que en las reuniones oficiales siempre se colocaba la silla de su anfitrión encima de un estrado, lo que lo obligaba a mirar hacia arriba. Trujillo tampoco se conformó con reinar sólo en su isla; y fueron sus ambiciones de poder más allá de las fronteras, y su sed de venganza, también llevada más allá de las fronteras, lo que terminó por perderlo. Y, por astuto que fuera, tampoco pude leer el cambio de los tiempos.

Puso el primer clavo en su ataúd con el secuestro, en la Quinta Avenida de Nueva York en 1956, del profesor Jesús Galíndez, un exiliado vasco que había vivido en República Dominicana tras la caída de la República Española. Fue trasladado en un vuelo clandestino a Ciudad Trujillo, y asesinado por la policía secreta en las ergástulas de la dictadura, en venganza porque Galíndez había revelado un secreto de dormitorio en un libro: Ramfis Trujillo, heredero del Generalísimo, no era su hijo.

En 1957 extendió su largo brazo a Guatemala para asesinar a Castillo Armas, también en venganza por la vanidad herida: Trujillo lo había apoyado con armas y dinero para derrocar al coronel Jacobo Árbenz en 1954, y esperaba que lo invitara a presenciar el desfile de la victoria; o que, una vez en la presidencia, lo condecoró con la Orden del Quetzal. La tarea de dirigir la trama le fue encomendada nada menos que al jefe de sus servicios secretos, Johnny Abes García, a quien acreditó como diplomático en la embajada dominicana en Guatemala.

Y finalmente, el atentado contra el presidente Rómulo Betancourt de Venezuela, en junio de 1960, que lo llevó a adentrarse en aguas profundas y fatales. Betancourt fue un líder respetado, elegido democráticamente tras la caída de Pérez Jiménez. Sobrevivió, con quemaduras, a la carga explosiva que estalló al pasar su caravana por una avenida de Caracas; pero Trujillo pagó esa cuenta, y muchas otras, antes de que terminara el año.

Dado que la historia generalmente se cuenta mejor en novelas, hay tres para leer sobre la era de Trujillo: Galíndez, formidable y poco frecuentado libro de Manuel Vázquez Montalbán; La fiesta de la cabrade Mario Vargas Llosa; Y La maravillosa corta vida de Oscar Waode Junot Díaz.

Tres enfoques distintos, pero que concurren para desvelar la figura del dictador bicornio emplumado que se propuso como candidato al Premio Nobel de la Paz, y se entregó una infinidad de títulos entre los que se encontraban los de Padre de la Nueva Patria, Campeón de la Libertad. , Invicto de los Ejércitos Dominicanos, Primer Campesino Dominicano, Primer Maestro de la Patria, Genio de la Paz, Protector de todos los Trabajadores, Héroe del Trabajo, Primer Anticomunista de América.

Sergio Ramírez Es escritor, Premio Cervantes 2017.

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