US Open 2021: Se llama Alcaraz, Carlos Alcaraz |  Deportes

Por si había un aficionado despistado, o simplemente para los que no lo conocían, Carlos Alcaraz fue el encargado de mandar un mensaje claro y diáfano: abrochaos los cinturones, porque vienen las curvas, vienen las emociones fuertes. El español, de tan solo 18 años, puso patas arriba la cancha de tenis más grande del planeta con una extraordinaria victoria ante Stefanos Tsitsipas, a quien desbordó con todo su sello en la dirección de los octavos de final del US Open: 6-3, 4-6, 7-6 (2), 0-6 y 7-6 (5), después de 4h 07m. Después de haber dejado pistas en las otras tres grandes etapas de la raqueta, este viernes se presentó definitivamente a nivel mundial, con una colosal victoria. En busca de futuras referencias, su deporte encuentra un candidato serio que levanta la mano y aplica: es murciano, el acné le salpica la cara y juega como ángeles.

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Alcaraz juega con la misma naturalidad que transita su carrera, como si todo fuera una sucesión de hechos que deben pasar sí o sí, necesariamente, como si algo o alguien le hubiera concedido una reserva. En España hay señales de él desde hace mucho tiempo, apenas empezó a brillar en las categorías juveniles y se fue apoderando de un trofeo tras otro, mandando mensajes sin parar. Está quemando etapas a toda prisa y sin pausa, porque eso es lo que él y su equipo le exigen. Saben lo que hay. Juan Carlos Ferrero sabía perfectamente lo que estaba haciendo cuando accedió a sentarse en el banquillo y moldear.

Si falla, Alcaraz peca por exceso, nunca por defecto. Así entiende el tenis y así se presentó en el Arthur Ashe, la cancha que este viernes descubrió un diamante y se lo pasó genial porque el chico, de 18 años de pura confianza en sí mismo, todo atrevido, cero miedos, se acercó. el juego en campo abierto. No es nuevo. Dice que cuando compite siente que es capaz de vencer a cualquiera, y esta vez tenía por delante al tercer mejor tenista del mundo, ni más ni menos. Fiel a sí mismo, a ese estilo seductor que atrapa, lo alineó con todo y no se salvó ni una sola bala. Desde el primer baile, hasta el abordaje: Nueva York, es decir, mundo, aquí estoy.

Deslumbró al principio, con poco más de media hora ofensivamente deliciosa. Agobiante. Por mucho que el griego supiera de sus intenciones, de todo su potencial, la propuesta lo abrumaba. Alcaraz revoloteaba por la sede neoyorquina desprendiendo una sensación de ingravidez, con el fallecimiento de Fred Astaire, como un perfecto bailarín. Desafió desde el principio y de buenas a primeras ya lanzó un colita debajo de las piernas y endosó un doble rotura, le mostró su puño, gritó. Y la grada norteamericana, que apenas se mueve porque entiende el tenis como otro Show, fue entregado. Vientos con fuerza de huracán para Tsitsipas.

El ateniense, vigilado con lupa por sus fugas al vestuario durante los partidos, se quedó blanco en ese primer tramo, cedió el primer set y con un 3-0 adverso en el segundo. Sin embargo, a los 23 años ya acumula buen kilometraje y valioso bagaje, por lo que poco a poco llevó el duelo hacia donde le interesaba. Redujo la velocidad, trató de bajar el ímpetu de los españoles y contraatacó. Aplicó un punto de pausa y así redujo las revoluciones, inteligente y estratega. Superó la caída, equilibró y también mostró sus cartas, porque las tiene y más que suficiente. Finalista esta temporada en Roland Garros, su récord de servicio brilla tres muescas de oro: Nadal, Federer y Djokovic, todos han sido derribados.

Manejó bien el temblor y cuando parecía que el pulso podría romperse a su favor, los contratiempos comenzaron a acumularse. Desde el principio, la advertencia que el juez de silla pitó por retrasar el servicio, más ruido en la grada, y luego la magnífica reacción de Alcaraz, que no se rinde ni a los tiros. El chico tiene tenis, pero además no le faltan detenciones, recursos para todo: balones, voleas, derecha, revés, movilidad, imaginación. Todo el repertorio. Valiente, contraatacó con el torso desnudo (2-5 contra 6-5 adelante) y logró sacudir al helleno en el desempate. Tenso y caliente, ni un solo momento de relajación para él, Tsitsipas perdió el color y como si eso fuera poco recibió una segunda sanción por comunicarse con su padre, acobardado en el caja.

Remolcado y empapado en sudor, con un volcán de la juventud frente a él, se retiró a cambiarse -invirtió poco más de cinco minutos esta vez- y volvió a tirar de oficio para compensar una situación más que delicada. Sostenido con servicio (15 ases al final) y mordió cuando Alcaraz’s empezó a perder potencia. El murciano, dolorido en el cuádriceps derecho, acusando ya el peaje de la larga distancia, perdió un punto de filo, que no cobró vigor, y pese a llegar a la resolución, reenganchó y cargó con determinación y determinación. Una apuesta radical. Cualquiera, seguramente, habría vuelto la cara. Él, citado con el alemán Peter Gojowczyk (141º) en el octavo, no. Brazos en alto y mano a oreja, arengando a la multitud y vitoreando, dominando la escena, confirmó lo que se sospechaba.

«Este chico tiene algo, este chico es especial», advirtieron voces del circuito desde hace varios años. Y tenían razón. Charlie Brown se abre el paso. Alcaraz, Carlos Alcaraz se llama a este fenómeno.

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