Xëëmo'oy.  Los otros 500 años |  Opinión
Un grabado de 1869 sobre la conquista de México.
Un grabado de 1869 sobre la conquista de México.Getty

La discusión actual de lo que sucedió hace 500 años tiene lugar detrás de los lentes que nos ha puesto la historia oficial. Estas distorsiones parecen orientar gran parte del debate y explicar las reacciones que se pueden ver desde ambos lados del Atlántico. De entrada, muchas de nuestras ideas están viciadas por supuestos básicos que muchas veces nos impiden detallar la discusión y, sobre todo, relacionar lo ocurrido hace cinco siglos con los problemas actuales.

Hace unas semanas comencé el proceso de revisión de la discusión que tuvo lugar en 1992 sobre otros quinientos años, los del quinto centenario de la llegada de Cristóbal Colón a un continente que luego se denominaría América en las lenguas hegemónicas actuales. He tenido mucho cuidado al elegir el verbo “llegar” porque quiero mostrar que incluso el nombre de lo ocurrido en 1492 fue y está sujeto a una disputa que muestra una gran complejidad en su lectura. Es muy interesante para mí indagar sobre las discusiones, las disputas semánticas y discursivas que tuvieron lugar en 1992 y las similitudes y diferencias que se pueden encontrar con respecto a las discusiones y disputas que, desde diferentes posiciones y contextos, se están dando durante este año en el 500 aniversario de la caída de la ciudad de Tenochtitlan.

Desde la década de 1980, las instituciones españolas anticiparon que 1992 sería el año del quinto centenario de algo que llamaron, y habían llamado históricamente, «el descubrimiento de América». Desde 1983 se crea en España la Comisión Nacional del Quinto Centenario adscrita al Ministerio de Asuntos Exteriores, existiendo además una alta junta presidida por el propio rey Juan Carlos. Esta comisión formó parte de la primera reunión de comisiones nacionales sobre el tema realizada en 1984. La representación mexicana contó con un coordinador en Miguel León Portilla quien sería parte fundamental de las discusiones que se desarrollaron en diferentes medios y espacios. Cabe señalar que la comisión mexicana no estuvo encabezada por miembros de pueblos indígenas o afrodescendientes, lo que dice mucho del contexto, una época en la que la política oficial había tenido su principal respuesta al indigenismo integracionista a lo que habían tenido los gobiernos posvoculutorios. llamado, en muchas ocasiones, como «el problema indígena». Se habló mucho menos de la historia de los pueblos afrodescendientes que ahora.

En la reunión de 1984, la delegación mexicana planteó una objeción sobre el nombre al principio. En lugar de celebrar el «descubrimiento de América», propusieron para 1992 una conmemoración de algo que debería llamarse «el encuentro de dos mundos»; argumentó que una conmemoración, más que una celebración, podría dar lugar a una reflexión más compleja sobre lo sucedido en 1492. De acuerdo con estas ideas, en 1985, Miguel de la Madrid, creó la Comisión Nacional Conmemorativa del Encuentro de Dos Mundos con Miguel León Portilla al frente así como Guillermo Bonfil Batalla y Roberto Moreno de los Arcos, entre varios otros.

Las discusiones sobre el nombre y el verbo a utilizar mostraron que cualquier elección implicaba desde el principio una posición: celebrar o conmemorar, descubrir o encontrarse, América o dos mundos. Las reacciones de diferentes contextos no se hicieron esperar: ni encuentro ni descubrimiento, lo que comenzó en 1492 fue una invasión, fue el inicio de un genocidio y la esclavitud masiva de la población afrodescendiente, respondieron otras voces. Si bien la posición de la delegación oficial mexicana matiza tímidamente las celebraciones de un descubrimiento al hablar del encuentro de dos mundos, pronto, voces de pueblos indígenas ignoradas por el partido gobernante, se hicieron escuchar para resaltar posiciones que insistían en que no fue nunca el encuentro neutral entre sólo dos mundos. El resto de países de este continente establecieron posiciones oficiales que evidenciaron que la creación de estos estados fue en la mayoría de los casos un proyecto de las élites criollas. En sus posiciones, hablaron de la unión de los pueblos, de una epopeya histórica, de la celebración del patrimonio ibérico e incluso, de un hecho necesario, de lograr la existencia de las naciones actuales. En extremos alejados de los matices, por ejemplo, Carlos Menem, presidente de Argentina en esos años, incluso aceptó el nombre de «descubrimiento de América» ​​y otros líderes del continente solo matizaron la propuesta que se planteó desde España que, después Los encuentros, terminaron incluyendo el del encuentro en el nombre que era el siguiente: Quinto Centenario del Descubrimiento de América y Encuentro de Dos Mundos. Discursivamente hablando, las posiciones oficiales de la mayoría de los países muestran que se comportaron como si aún fueran colonias de la metrópoli.

En México, ante la posición oficial del encuentro de dos mundos propuesto por León Portilla, se desató una interesante polémica cuando el historiador Edmundo O’Gorman publicó un texto titulado «Ni descubrimiento ni encuentro» que daba cuenta de los problemas del elección de ambos nombres. A pesar de esta interesante discusión entre León Portilla y O’Gorman, es importante notar la ausencia en los espacios oficiales y en los grandes medios de comunicación de las voces de los pueblos que históricamente habían sufrido las consecuencias de los hechos ocurridos quinientos años antes. Sin embargo, lejos de las delegaciones oficiales que no incluían la voz de los pueblos indígenas de este continente ni de las poblaciones afrodescendientes, comenzaron a gestarse movimientos alternativos que tendrían diferentes manifestaciones en 1992 en varios países. Estos movimientos leyeron 1492 en otra clave que resaltó la vigencia de los efectos del colonialismo y que puso en crisis las posiciones oficiales de las comisiones oficiales.

Lo ocurrido alrededor de 1992 nos recuerda, durante estos otros 500 años, la importancia de la elección de palabras y la elección de voces que entran en el debate. Necesitamos un concierto diverso de voces que discutan en la arena pública sobre lo ocurrido hace cinco siglos en el altiplano central de México para lograr un caleidoscopio que nos acerque a las complejidades históricas de 1521 y, por ende, de 2021. ¿La conquista de México? ¿La caída de Tenochtitlan? ¿El establecimiento del orden colonial? ¿A quién y cómo están nombrando?

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